Bruce, Bruuuuuuuuuce !

La reciente publicación de sus memorias y la gira mundial de celebración y aniversario del disco The River, han llevado a Bruce Springsteen, una vez más, a los estadios de medio mundo y la portada de todos los periódicos. Bruce, “el jefe”, “the Boss” está otra vez de gira y esas son buenas noticias.

Escuché a Springsteen por primera vez precisamente cuando se publicó The River, el álbum original, a finales de 1980. Desde el verano anterior las revistas musicales anunciaban el nuevo LP de un cantante americano de nombre imposible. Al parecer, se trataba (esta vez sí) del nuevo Dylan, un cantautor auténtico y además eléctrico, esto es, más comercial, más accesible. En las pocas fotos que circulaban de él en revistas musicales Bruce aparecía joven, pero no imberbe, delgado, con barba de tres días y rizos negros. Siempre tenía el gesto adusto, serio – estaba claro que desconfiaba de las cámaras, no se sentía a gusto posando. Pero en las fotos de los conciertos la actitud era completamente distinta, se le veía feliz e intenso, constantemente a punto de explotar, corriendo en el escenario o dando palmas marcando el ritmo de las canciones de pie encima de un piano de cola, siempre con la misma guitarra, su ahora mítica Fender. Además, se decía de él que ofrecía directos épicos de casi cuatro horas.

Vino a España por primera vez con la gira de The River, en abril de 1981. Tocó en Barcelona dos meses después del infame 23-F y quizá por eso lo que más recuerda Bruce en sus memorias recientemente publicadas es que fue el primer concierto que dio en el que el pabellón estaba lleno de policías, pero no para garantizar la seguridad de los espectadores, sino para vigilarlos. No eran los tiempos siniestros del franquismo, cuando se falsificó un NO-DO para intentar aparentar que nadie había ido a ver a los Beatles en 1965 en su concierto en las Ventas, pero la España de la transición todavía desconfiaba de los cantantes anglosajones de pelo largo y guitarras eléctricas.

Sin conocer su música más allá del éxito relativo que en España tuvo “Hungry Heart”, recuerdo The River por un comentario en la crítica de una revista: fue el disco que impidió a “Double fantasy” (el último LP de John Lennon) llegar al número uno en las listas de éxito. Aquello nos bastaba – si alguien osaba impedir al ex-Beatle llegar al número uno, entonces tenía que ser excelente.

¿Era ese americano flaco y de nombre impronunciable tan bueno? Sí, sin duda. No es que fuera bueno, es que era – es – imprescindible. No sólo porque Bruce es un excelente compositor y un maestro del concierto en directo. O porque es también un guitarrista superdotado. Bruce ha logrado trascender su faceta de músico y a través de su obra ha levantado su voz en contra de las injusticias en su país, el racismo o el trato dado a las minorías. Bruce celebra la grandeza de los Estados Unidos, pero insiste en que se dé su parte de crédito y de mérito a los anónimos que han quedado por el camino, como los soldados muertos en guerras lejanas e inútiles, a los trabajadores a los que se despide en masa “por culpa de la economía”. Además, Bruce menciona más que cualquier otro autor de su generación las duras circunstancias familiares por las que pasan las familias, como la suya propia o todas las que conoció en su entorno en su Nueva Jersey. Sus canciones contienen constantes referencias a padres e hijos, a padres alcohólicos que maltratan a sus mujeres, a la escasez constante de la clase obrera y a los esfuerzos que hacen los trabajadores por tener una casa propia. Bruce creció así y así lo reconoce en sus memorias. Por ejemplo, cuando dice que no entró en un restaurante hasta bastante después de cumplir veinte años, o que para bañarse con agua caliente tenía que calentar el agua en la cocina y subir los cubos a un piso superior, que es en donde estaba el cuarto de baño. Y siempre ha sido coherente con ese espíritu. Por ejemplo, cuando publicó un disco clave en su carrera, “Darkness in the edge of town”, Bruce dejó fuera dos canciones que fueron número uno cantadas por otros (“Fire” y “Because the night”) porque no quería que rompieran el mensaje coherente de ese álbum y que eran los problemas de las personas y las familias en los suburbios de las ciudades americanas.

En la introducción que hizo Bono cuando Bruce fue presentado en el Salón de la Fama del Rock and Roll, Bono dijo de Bruce que era una de los pocos cantantes de éxito que nunca ha organizado una exposición de sus pinturas, ni se ha sacado fotos jugando al golf, ni ha hecho vídeos musicales disfrazado de mujer, ni ha tenido una fase de peinados horrorosos – “ni siquiera en los años 80”, añadió Bono apuntando a la década de los pelos teñidos y las permanentes ridículas. Todo eso es cierto y revela una dignidad a prueba de bomba, una claridad de miras que nunca le ha abandonado.

El presentador de televisión americano Jon Stewart dijo en la entrega de los premios Kennedy que Bruce es como el hijo que Bob Dylan y James Brown hubieran tenido, de ser biológicamente posible. Más allá de la ocurrencia, es cierto: las letras de Springsteen son casi tan buenas como las de Dylan, pero a la vez son más próximas, menos simbólicas. Bruce admiró, así lo ha reconocido infinidad de veces, a Dylan y ha seguido su estela de cantautor. Pero Dylan dice, por ejemplo, que la repuesta está en el viento y que los tiempos están cambiando, pero Bruce nos habla de chicos que se dedican a reparar coches y a parejas de jóvenes que van todas las tardes a la ribera del río y al final ella se queda embarazada. Y la herencia de James Brown es clara, no sólo en el huracán que provocan en el escenario, sino en que su música hunde sus raíces en el mejor soul americano.

Su carrera es larga y no está exenta de altibajos, pero éstos no han quitado el sueño  al jefe – Bruce sabe muy bien que para llegar a ser divino hay que haber sido antes humano. Pero desde sus primeros grupos hasta los conciertos de la gira 2016 / 2017 celebrando el aniversario de The River, la constante en Bruce ha sido que ha dejado en el estudio y más aun en el escenario, la última gota de combustible y de sudor. Supo desde el principio que no tiene una voz de ángel, así que sus fuertes tendrían que estar en otro lado: la composición y el directo.

Bruce no alcanzó un éxito repentino, ni mucho menos. Los sesenta y primeros setenta eran tiempos en los que para tener éxito había que pasar por la música en directo, de clubs, de bares con pequeños escenarios, de giras en furgonetas, de ganarse una audiencia y un prestigio minuto a minuto, canción a canción. Distaban aun – afortunadamente – de los tiempos actuales en el que la música provenía mayoritariamente de las factorías televisivas productoras de cantantes-clones en serie. Al igual que Tom Waits, Elton John o los mismísimos Beatles, Bruce tuvo que aprender el negocio desde abajo y por completo, cantando en tugurios durante horas a cambio de una comida caliente y recorriendo como podía la costa este de los Estado Unidos de arriba a abajo durante años. Uno de los mejores pasajes de su libro es cuando relata feliz que se sintió al alcanzar cierta reputación en Virginia y la señala como un paso definitivo en su carrera.

Pero su travesía del desierto de años da al final resultados y llega a su edén: en 1973 consiguió un contrato para grabar un disco. Fichado para CBS por el mítico John Hammond, sus comienzos discográficos son lentos y los dos primeros LP venden poco o nada. Sin embargo, las canciones son buenas y además se está forjando el núcleo de la E Street Band – Federici, Tallent y Clemons ya son fijos. Hay una pausa para tomar aire y para arreglar asuntos legales – Bruce quiere tomar las riendas de una carrera que sabe que va a explotar y no quiere letra pequeña en los contratos ni nadie a su alrededor en quien no confíe al 110 %. Entran en escena Jon Landau como fiel manáger, alguien en quien confía para llevar los negocios y la banda se refuerza con Weinberg, Bittan y Van Zandt.

Comienza entonces su fase mejor, en la que gana paso a paso y para siempre una reputación a prueba de bomba. Entre 1975 y 1982 publica sus mejores LPs: Born to run, Darkness…, The river, Nebraska. Además, las giras de los tres primeros lo consolidan como el mejor directo del mundo. La gira de The River, la que le trajo a España por primera vez, es la cúspide de su carrera. El concierto completo en Arizona que DVD del set-aniversario del disco original, publicado en 2016 es ejemplar, es el punto exacto de madurez y espontaneidad al que todo artista aspira.

Born in the USA y la gira de 1984/5 es una vuelta de honor triunfal que coloca a Springsteen en la estratosfera de los mega-ventas, en tanto que Tunnel of Love es un LP en el que muestra sin pudor las cicatrices de su ruptura matrimonial. Tras su notable aportación a la gira mundial de Amnestía Internacional en octubre de 1988 se confiesa cansado y da un paso atrás para dedicarse a sus cosas y a formar una familia. Hace apariciones aisladas en conciertos benéficos o de amigos, pero no publica nada nuevo ni hace giras. Disuelve la E Street Band hasta nueva orden.

Los noventa comienzan con dos discos mediocres y una gira mundial en la que no llena los estadios – es raro verlo (y no digamos oírlo) sin la E Street Band. Gana un Óscar y tras editar en solitario “The ghost of Tom Joad”, este sí, un disco excelente, se le empieza a ver como a un patriarca de la música americana. El cuádruple “Tracks” con rarezas y canciones inéditas recuperadas de los archivos dela CBS no es sino un testimonio más de su apabullante talento como compositor – al igual que ocurre con la serie de Bootlegs de Dylan, se podría hacer una carrera de muchos años sólo con las canciones desechadas en los LPs originales.

Decide volver a grabar y volver a los escenarios con la E Street Band. Se suceden los CDs y las giras. Desde el año 2000 hasta principios de 2017 Bruce no ha parado de publicar discos y de presentarlos por todo el mundo. Con pocas excepciones, las canciones han perdido algo. La épica del vámonos de aquí que tú y yo hemos nacido para correr y de las crónicas de los paseos valle abajo y los baños en el río ya son historia. Los directos vuelven a llenar estadios y los hijos y los nietos de los fans iniciales disfrutan por igual, pero a los sesenta y tantos años que Bruce ya tiene pesan y la coreografía del directo se nota.

Ya nada es lo mismo, pero en estos tiempos iletrados de niños-prodigios malcriados, de factores-X repetidos hasta la náusea y de superficialidad en muchos sentidos, siempre nos quedará de Bruce Sprinsgteen una carrera musical ejemplar y el legado de un ser humano con una voz valiente y esencial en tiempos egoístas, crueles y acomodados.

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