España, la TV del nuevo siglo

La televisión como medio de comunicación ha sido siempre vilipendiada, casi siempre con razón. Pudo haber sido un medio súmamente práctico, óptimo y digno para la información, y – por qué no – el entreteniemiento, pero cayó en manos de empresarios que, en lugar de mantener un determinado nivel de calidad en los programas y emisiones, para así atraer y (palabra maldita) educar en cierta medida a la audiencia, decidieron rebajar más y más el contenido de los programas, en busca del nivel que marcaran y prefirieran los espectadores. El resultado de abandonarse del todo a lo que pida la audiencia es la paupérrima televisión que padecemos hoy, que en la última década y media ha dado la enésima vuelta de turca hacia ninguna parte creando dos modalidades nefastas de programas que invaden en estos tiempos todas las cadenas.

En el descenso lento pero firme a los infiernos al que parecen abonadas todas las cadenas de televisión españolas, el cambio de siglo supuso un antes y un después, una marca en el calendario. Se agotó entonces la imaginación y se importó el bochornoso espectáculo del gran hermano en sus varios formatos. Una vez más, lo que en estricta teoría podría haber sido un experimento interesante – el de ver a personas relacionarse y reaccionar entre sí, pero sin saber que lo hacían ante las cámaras, se abandonó desde el principio y en su lugar se optó por un espectáculo superficial, tonto, sin gracia y mucho menos mérito.

Así, las cadenas (públicas y privadas, grandes y pequeñas) encontraron un filón en ofrecer a personas comunes primero en casas, pero en seguida en granjas, islas y otros lugares, principalmente comiendo y discutiendo por tonterías y en general sin hacer nada que valiera la pena hacer en público ni mucho menos seguir por televisión; después, compitiendo para ver quién se parece más y canta como alguien que ya había cantado así antes; después tratando de cocinar a contrarreloj ante unos jueces pretendidamente crueles; también casándose entre ellas sin conocerse, ni siquiera haberse visto antes; o tatuándose o yendo al médico o de compras y así hasta un largo etcétera de actividades inanes o personales que hace tres días se tenían por banales y que ahora ocupan horas y horas de la programación en todas las cadenas.

Y peor aun es otro tipo de programa que se ha vuelto constante en la programación: los muchísimos programas que contienen sólo tertulias son un escalón más, si cabe, en el descenso que mencioné antes. Junto a los programas en el que gente anónima trata de cantar como alguien, cocinar como alguien o de hacer el tonto como nadie, las tertulias larguísimas son el otro bloque onmipresente en la televisión española. No hay cadena que no tenga horas y horas de personas de variada índole hablando de este o aquel tema. Algunos tertulianos saltan de tertulia en tertulia, de la televisión a la radio, de la mañana a la tarde, de esta a aquella cadena. Los partícipes son políticos retirados, periodistas venidos a menos, consultores, politicólogos y así hasta llegar a otras profesiones de contenido y entidad más nebulosa y menos clara. Mañana, tarde y noche aparecen las mismas caras “para debatir” de los temas que propone un moderador, pero lo único que hacen durante las horas de programa es defender con uñas y dientes al partido al que han votado.

Así, los sábados por la noche, cuando antes se veía uno de los programas zafios de José Luis Moreno, hoy se supone que se habla de política. Es un guiño al espectador, que ahora ya puede decir que está viendo “un debate” y queda así mejor. Pero aun si el formato ha cambiado, el contenido no lo ha hecho: es un espectáculo por el espectáculo, sin ideas ni razonamientos, sin profundidad. Es una banalización de los temas que toca, siempre a base de discusiones superficiales, y siempre en dos bandos enfrentados irremediablemente, que es lo que gusta al espectador. El presentador lanza una carnaza y los participantes del momento disparan sus opiniones sin fundamento, ni base, ni preparación específica. Es un simple toma y daca que en la mayoría de los casos gana el que más grita. Un ejemplo, cuando se discutía recientemente acerca de cambiar algunos artículos de la Constitución, los del bando conservador se negaban a hacerlo; los progresistas decían que era necesario. En medio del tonto va y ven el polemista conservador paró el partido de ping-pong y le preguntó a su oponente que cuáles eran esos artículos concretos que él cambiaría. El progresista se sorprendió con la pregunta pero respondió tan tranquilo, incluso riéndose, que él no lo sabía pero de lo que sí estaba seguro era de que había que modificar varios artículos, sin explicar por qué. Los debates de (se supone) corrupción siguen el mismo camino. A cada nuevo caso que se pone sobre la mesa le sigue la misma discusión: los del PSOE que ya está está bien y que este o aquel ministro dimita; los del PP que cómo se atreven a criticarlos los del PSOE que tuvieron el GAL y a Roldán.

El guión es siempre el mismo: por la mañana se leen los titulares de la prensa escrita y los comentan sin orden; por la tarde ven las imágenes del día y los que allí están discuten. Y en cualquier caso bastan dos minutos de tertulia para saber a quién vota cada partícipe, quién es progresista y quién conservador. No hay ideas, sólo una discusión que se repite, una lluvia sobre mojado en forma de los mismos adverbios a los que siempre se recurren ante las noticias que les leen o ven: todo es “increíble”, “alarmante” o “impresionante”.

Un subgénero dentro de esta moda de debates en todos lados y a todas horas lo proporcionan los Juzgados. La rampante corrupción política que padece España es un filón de noticias que las cadenas explotan sin pudor – a los espectadores siempre les ha gustado los juicios. El hecho de que esa corrupción haya llegado a la mismísima Casa Real ha provocado el delirio de las cadenas, que buscan el morbo y no la información o el análisis razonado. Una vez más, no se informa de cuestiones importantes, sino que las cadenas se regocijan y banalizan las crónicas y noticias que llegan de los Juzgados. Hablan de la ley o el Derecho personas que no saben de lo uno o lo otro, que antes de ayer eran especialistas en novias de famosos y que hoy discuten acerca de procedimientos penales. Y por esto cuando alguien dice frases como: “los fallos que ha dictado el Juez durante la instrucción”, o que “el Juzgado se ha dictado sentencia firme esta mañana” (frases que usan constantemente los partícipes en tertulias) es evidente que no tiene conocimientos básicos de derecho, pero aparece en televisión comentando casos judiciales ante cientos de miles de personas. Que esos errores se cometan una y otra vez sin que nadie los corrija sólo puede significar que a todos da igual la exactitud: lo que importa es captar audiencia.

Y así la información que ofrece la televisión degenera en una mercancía barata que está sólo a la merced de la idea de atraer, como sea, a la audiencia. Es la tendencia que empezó con la telebasura y que sigue y sigue en su descenso. A dónde llegará es imposible saberlo.

Nota personal.

Antes de que alguien me acuse de no predicar con el ejemplo y de criticar desde una poltrona falsa, diré que he yo he estado más de diez años exactos sin tener televisión, precisamente desde 2004 hasta 2015 y, desde luego, no la eché de menos ni un minuto de esa década. Siempre oí el grito de pasmo a mi alrededor cuando decía que no tenía la televisor y me consta que hubo quien no me creyó del todo cuando lo dije – más o menos como ocurre ahora cuando alguien dice que no tiene teléfono móvil. Pero en cualquier caso desafié, y siempre gané, a todo el que pensara que estaba mejor informado que yo o que veía más cine que yo. Y acababa siempre diciéndoles lo que pensaba, y aun pienso: que esa media de cinco horas diarias que pasa el español medio frente a la caja tonta, uno pasa el 10 % del tiempo viendo lo que quiere ver y el resto cosas que alguien se propone que vea.Y a todo el que me preguntara que por qué no tenía televisor, le respondía lo mismo: por la misma razón que no tengo un tanque de guerra, porque no le veo ninguna utilidad.

Ahora tengo televisor únicamente porque vivo con alguien que la necesita en su trabajo. Pero nos organizamos, sin el menor problema, para no pasar frente al aparatito de marras más tiempo del que lleva ver una película, que casi siempre vemos en DVD, o un evento concreto.

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