El enemigo en casa. Las causas del horror doméstico

La violencia doméstica, o dicho de otra manera, más clara, la cuasi-masacre que padece España en las últimas décadas en forma de ataques y asesinatos de mujeres a manos de sus parejas, es una lacra que, desgraciadamente, marcará una época negra en la historia de nuestro país. Casi se ha convertido en rutina el anuncio de un nuevo episodio, un nuevo ataque que produce lesiones, una muerte más de una mujer cometida por su pareja. Entonces comienza la cascada de manifestaciones de repulsa, las declaraciones compungidas de los parientes de la víctimas, los días de luto en el Ayuntamiento, las promesas de los gobernantes de dotar con nuevos medios a las fuerzas de seguridad, la afirmación que se hace todo lo que se puede.

Todas esas reacciones son lógicas, comprensibles y además inevitables. Pero en cada caso nuevo que se airea siempre echo de menos algo: la admisión pública por parte de los responsables políticos de que va a costar mucho, y que va a llevar mucho tiempo, acabar con ese problema, porque tiene unas causas antiguas y muy enraizadas. Esto es algo que no se atreven a decir los responsables políticos, por miedo a parecer que carecen de soluciones, pero es la verdad y hasta que no se admita, reconozca y acepte no se habrá dado un paso definitivo hacia la solución del problema.

Además es este un problema terrible que hay que afrontar desde la humildad, incluso desde cierta ignorancia, reconociendo que es algo que excede la razón, que es un punto incomprensible. La explicación a la comisión de los delitos no es siempre lineal y simple – uno puede entender que se cometan algunos, por ejemplo, por qué alguien roba: por hambre, por envidia de algo que es propiedad de otra persona o porque simplemente quiere comprarse un coche mejor y más grande. Pero cada una de las veces que los telediarios nos machacan con la noticia de otra mujer apuñalada y vemos a su pareja esposado saliendo del furgón de la Guardia Civil, lo primero que pensamos es por qué ese hombre o en muchos casos ese chico aun joven y con toda la vida por delante, ha hecho algo que lo va a llevar a prisión durante muchos años; qué ha llevado a una persona a hacer algo tan repugnante cuando sabe las graves consecuencias de ese hecho.

Ser valiente en este caso significa reconocer que es un problema que no se va a liquidar en tres meses o promulgando dos o tres leyes de urgencia, ni aplicando medidas policiales más estrictas, ni duplicando las penas que establece el Código Penal.

La violencia contra las mujeres, cometidas desde el abuso y la fuerza del varón sobre su pareja, tiene causas profundas y remotas que son las que hay que atacar, y precisamente porque se han larvado y han madurado (y se han permitido, quizá alentado) durante muchos años, no se resolverán rápidamente. Y es por esto que prometer soluciones mágicas no sólo no ayuda sino que engaña a la sociedad y confunde. Hay que huir de declaraciones tan grandilocuentes como vacías y empezar por decir que va a ser muy difícil acabar con esta lacra.

Por ejemplo, el dirigente del PSOE Pedro Sánchez, propuso celebrar un funeral de Estado por cada víctima de la violencia de género. Esta es la típica propuesta de alguien que no tiene ninguna idea para solucionar el problema, pero que además busca – irresponsablemente – el titular del día para apuntarse un tanto y quedar como el salvador del momento. Otras propuestas han ido por ese camino superficial que no reconoce las causas de la plaga.

La primera causa sería el machismo secular español. La historia demuestra que el machismo como la injusticia de dar más derechos a uno de los dos géneros, es una constante universal. Es un hecho que la mujer ha sido relegada al papel de madre y poco más desde siempre. Por ejemplo en la Grecia clásica, cuna de la civilización occidental, se castigaba con la pena de muerte a la mujer que osara estudiar medicina. Esa es una línea de prejuicio injusto que recorre toda la historia y la edad moderna hasta bien entrado el siglo XX. En los pabellones de profesores en las Universidades de principios de ese siglo ni siquiera se construían aseos para las señoras, como denuncian las profesoras alemanas que se incorporan lenta pero gradualmente a las universidades.Y, en fin, a la mujer no se le ha reconocido generalmente el derecho a votar generalmente hasta los años treinta del pasado siglo.

Y en España, una vez más, la igualdad se retrasa considerablemente. El Código Civil habla y establece hasta la muerte de Franco y la promulgación de la Constitución, esto es, hasta finales de los años 70, de la sumisión casi completa de la esposa al marido – la conocida como licencia marital. Los ejemplos son muchos (casi todos los artículos del Código Civil que tratan del matrimonio) pero me parece ilustrativo citar varios especialmente:

  • Hasta 1975 la mujer es colocada a la altura de los “dementes y analfabetos sordomudos” y por lo tanto necesitan de representante legal para llevar a cabo un contrato.
  • Una Exposición de Motivos de una Ley de 1958 dice que “la naturaleza, la historia y la religión atribuyen al marido la potestad de dirección en el matrimonio”.
  • Y mi preferido, por disparatado y anacrónico. Hasta 1981 un artículo del Código Civil decía que “el hombre se casa para proteger a la mujer, y la mujer se casa para obedecer al hombre”. Y también: “La esposa está obligada a seguir al marido en dondequiera que éste fije la residencia del matrimonio”.

Todo lo anterior, la base legal injusta, es el caldo de cultivo en el que se larva el machismo. español Si la mujer es menos que el hombre entonces se le puede tratar de cualquier manera, incluso usando la violencia. Así, con el apoyo de esos textos legales en vigor hasta hace relativamente poco tiempo, los usos sociales se arraigan a lo largo de más de medio siglo sobre el concepto de “objeto” de la mujer, bien meramente sexual con el “landismo” y sus vueltas de tuerca, como por ejemplo las películas de destape en la transición y las aberraciones entonces de moda y que mostraban a las mujeres siempre como secretarias, enfermeras, siempre estúpidas y con gran escote y siempre víctimas del chulo playero de turno; también, con la coletilla y los chistes constantes de que el lugar de la mujer es la cocina (o el dormitorio), o los anuncios publicitarios de los años sesenta y setenta que se pueden ver en páginas webs, horrorosos en su misoginia más trasnochada y casposa, algunos llegando a decir como lo más normal del mundo que habría que darle un puñetazo o una paliza a la mujer que no “se comporte como debe”.

Esas actitudes y esas injusticias crueles se absorben por la sociedad y se transmiten fácilmente a la siguiente generación hasta el punto de que no es posible eliminarlas por decreto, sino con una nueva educación, y esa es una labor larga y difícil.Reconocerlo sería el primer paso positivo.

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