Trump

La victoria de Trump en las elecciones del pasado noviembre ha provocado un alud de declaraciones, opiniones y hasta quejas.Se han sucedido, en los EEUU y también en otros países, manifestaciones contra el Presidente recién elegido.

¿Es Trump tan negativo? ¿Son justas las críticas que se le hacen? Sí, sin duda. Además de no tener una ideología clara, es el primer candidato a Presidente de los Estados Unidos que hizo toda su campaña insultando a su rival (llamó siempre “crooked Hillary Clinton” a su oponente), que dijo que las elecciones estaban amañadas y de que él tenía información de que se iba a evitar su victoria a toda costa; que se negó a hacer públicas sus declaraciones de impuestos, que no tiene ninguna formación ni experiencia de servicio público antes de haber sido candidato, que amenazó con llevar a la cárcel a su rival si ganaba las elecciones, que fue grabado (¡hablando con un periodista!) diciendo que cuando se es famoso y rico es fácil tocar a las mujeres en sus partes íntimas “uno se acerca, las agarra por ahí y ya está”, dijo en una grabación ya tristemente célebre. Además, falta a la verdad constantemente – presenta sus libros de negocios como “los libros de finanzas más vendidos en América” – no lo han sido; los libros de negocios que ha escrito han tenido ventas discretas y no han gozado de prestigio alguno, ni han sido superventas. Y ya como presidente (dos días antes de la fecha de escribir esta entrada) aludió en un discurso público, para justificar sus teorías contra el terrorismo islamista, a “los recientes incidentes en Suecia”. No ocurrieron tales incidentes en el país escandinavo y las protestas de dirigentes suecos desde todo el espectro político.

Pero un aspecto que ha sido poco mencionado, quizá la causa principal de la victoria de Donald Trump es la competencia tan pobre y disparatada que tuvo en las primarias del partido Republicano para elegir el candidato a presidente. Las conexiones fáciles a través de cadenas de televisión de Internet y el seguimiento con constante flujo de noticias en directo que hicieron los periódicos americanos, permitió conocer y seguir de cerca a los candidatos republicanos. Y esto, insisto: conocer la escasa o nula entidad de sus contrincantes en la carrera a la nominación republicana, es lo que ofrece una explicación final y completa de la victoria de Donald Trump.

La primera tanda de candidatos incluía, por ejemplo, a Jim Gilmore y a George Pataki. El primero encargó una encuesta cuando decidió presentarse como candidato y resultó que no lo conocía nadie y que iba a ser “imposible” que lograra que se le conociera, y no digamos que se le votara. El segundo era un ex Gobernador de Nueva York, ya olvidado y sin ninguna cualidad sobresaliente, así que desde el partido le recomendaron que era inútil y que no siguiera en la carrera. Ambos sólo estuvieron un par de semanas como candidatos a las primarias y cayeron en el primer corte.

Un poco más de tiempo estuvo Scott Walker, Gobernador de Wisconsin, que entró en liza proclamando que iba a conseguir que los EEUU no se convirtieran en Europa, que, repitió hasta la saciedad, está prácticamente gobernada por los musulmanes. En dos entrevistas en televisión le pidieron que pusiera ejemplos de esa afirmación tan radical, pero no supo dar ninguno y además confundió varios países. Tampoco ayudó su posición contraria a la educación convencional, poniéndose como ejemplo de alguien sin estudios pero que ha logrado el éxito y alegando que la solución a muchos problemas en su país era simplemente “enfrentarse a los sindicatos de profesores”. Su carrera hacia la presidencia duró exactamente dos meses y veinte días.

Un poco más duradera fue la carrera de Rick Perry. Conocido por haberse presentado a las primarias de su partido en 2012 (y por olvidarse de datos esenciales en los debates) volvió con renovadas fuerzas, pero dejando en evidencia veleidades racistoides – cuando trascendió que su rancho se llama “niggerhead” dijo que estaba orgulloso de ese nombre – y además haciendo una defensa cerrada de uso cotidiano de las armas. Encima, en las entrevistas volvió a confundirse con datos básicos, llegando a reconocer que no sabía cuál era “exactamente” la edad mínima requerida para votar o algunos datos de la frontera entre los EEUU y México – a pesar de que ha sido durante 15 años Gobernador de un estado que tiene una frontera con México de más de dos mil kilómetros. Terminó cometiendo tantos errores que se hizo popular el chascarrillo, en su propio partido, de que era “como Bush, pero sin  el cerebro”.

La lista de los que tuvieron alguna posibilidad real de llegar, al menos, a la final con Trump comienza con Jeb Bush, hijo y hermano de anteriores presidentes. Empezó con cierto ímpetu, pero al poco de iniciar su carrera hacia la presidencia ya se le conocía como “el pobre Jeb”, ya que era casi doloroso verlo en los debates de candidatos. No sabía responder acerca de si estaba de acuerdo o no con la invasión de Irak que había llevado a cabo su hermano, y en lugar de responder claramente balbuceaba una respuesta plagada de contradicciones. Y mientras más balbuceaba más le preguntaban y más balbuceaba y se contradecía él. Así que el final terminaba siendo rescatado por el moderador que pasaba a otro tema. Hombre del sur y casado con una señora mejicana, no sabía qué responder, o se contradecía otra vez, cuando le preguntaban por la inmigración o el racismo. Y lo mismo respecto al control de armas, la religión, el modelo de sanidad que quería para la nación y, en fin, casi todo.

Chris Christie, Gobernador de Nueva Jersey, tuvo alguna posibilidad. Pero tenía un pasado turbio de excesiva generosidad con los contribuyentes a su campaña de Gobernador y la virulencia de los ataques verbales que hacía constantemente a sus oponentes dentro y fuera del parlamento del estado que presidía. Por lo uno y lo otro, llegó a ser conocido como Tony Soprano. Además, los ciudadanos de Nueva Jersey le acusaron de no haberse implicado en las reparaciones y trabajos en el área de un huracán en la costa en enero de 2016. Su respuesta fue que los “los gobernadores no están para coger fregonas”. Otra candidata curiosa fue Carly Fiorina. Al igual que Trump apareció en las elecciones (ya lo hizo también en 2012) sin experiencia alguna en política o gestión pública, pero blandiendo orgullosa sus credenciales de mujer de éxito en los negocios. Sin embargo, su logro más importante fue llegar a presidir una gran empresa, pero durante su presidencia en Hewlett Packard, el gigante informático, casi la hunde, provocó despidos por docenas de miles y su valor en bolsa bajó a la mitad del que tenía cuando ella fue nombrada la más alta ejecutiva. Terminó peleándose con todos y los accionistas la despidieron. Poco después la empresa tuvo que segregarse en dos negocios para sobrevivir. Además, en un debate de candidatos Fiorina llegó a proponer medidas tan radicales en cuanto a religión y contra el aborto que su carrera nunca se recuperó.

Otro candidato que repitió después de intentarlo sin éxito ya en 2012 es Ben Carson. Este candidato, cirujano ya jubilado, se hizo célebre por sus largos monólogos en los que no habla, sino que más bien musita, sus ideas acerca de la política americana y que están plagadas de teorías propias acerca de los orígenes reales de las pirámides de Egipto, Satán encarnado en Charles Darwin, la misión divina de la Fox para salvar a los EEUU de convertirse en Cuba y varias más de este calibre. Sus letanías se han vuelto legendarias, por disparatadas. En una de ellas dice que la política de Obama es una mezcla del Mein Kampf y las obras completas de Lenin. Trataba de atraer la atención en los debates con revelaciones repentinas – en uno de ellos dijo que tenía información “desde dentro” de que tropas chinas operaban en Siria. Pero cuando se le preguntaba por detalles concretos, volvía a una de sus letanías incomprensibles que terminaban hacer que su interlocutor dejara el tema por puro aburrimiento. Desde que se retiró de la carrera, apoyó completamente a Trump y, religioso a tiempo completo, dijo en varias entrevistas que con Trump como presidente los EEUU jugarían un gran papel cuando llegara el apocalipsis.

Marco Rubio entró con fuerza en la carrera y por un momento se le consideró un candidato con potencial, debido a su imagen joven y fresca. Sin embargo, esta imagen duró poco. Primero porque se supo en seguida que había batido records de no asistencia en el Senado. Preguntado por esta circunstancia, respondía que “el Senado no sirve para mucho” – el electorado, con cierta lógica, consideró esta respuesta extraña en un senador. Además, era muy próximo a Jeb Bush y le perjudicó su caída. Trató entonces de evitar la sombra de su antiguo mentor y de hacerse con un hueco a la derecha del partido, pero se perdió en una alocada carrera en busca de titulares: se radicalizó respecto a limitar los derechos de los gays, propuso eliminar todos los impuestos al capital, dijo que el Senado era “una pérdida de tiempo”, aseguró que no haría nada por el medio ambiente y se alineó con el sector más intransigente de su partido respecto al creacionismo y la religión – tanto es así que usó la última palabra en un debate para decir que su intención última de ser Presidente de su país era sólo “para conseguir la eternidad al lado de Dios, nuestro creador”. Pero su puntilla fueron varios chistes sin gusto acerca de Trump, cuando comenzaba a ser evidente que éste ganaría la nominación. Hizo juegos de palabras groseros y soeces refiriéndose al pelo de Trump y a sus órganos sexuales. Con una media sonrisa mirando al público en silencio que no entendió sus gracias, quedó, en directo y frente a toda la nación, como un niño malcriado y perdió toda posibilidad.

Y el último candidato, el que jugó la final contra Trump, el único que pudo haberle disputado la nominación republicana, fue Ted Cruz. Este político, senador primerizo por Tejas, es una “rara avis”, alguien impredecible y arrogante a la vez que nunca cayó bien en su propio partido. Los barones, uno por uno, renegaron de él: McCain, el prestigioso senador, veterano de Vietnam y candidato contra Obama en 2008 dijo que Cruz era “un lunático” y le criticó duramente por haber comparado la reforma sanitaria de Obama con la legislación de Hitler, los Bush dijeron que “no les gustaba”.

En una busca desesperada de un vuelco cuando era ya claro que Trump le llevaba una clara ventaja, Cruz ataco a todos y a todo: dijo que un contubernio entre Obama y George Soros buscaba instaurar el socialismo en los EEUU; que las resoluciones de la ONU respecto al cambio climático están hechas para acabar con los campos de golf; que los demócratas ganan las elecciones porque favorecen a los delincuentes para que les voten; que Obama ha buscado en sus dos mandatos simplemente destruir los Estados Unidos y que el acuerdo nuclear con Irán estaba hecho para tapar oscuros lazos financieros entre los EEUU y el país persa; o que no concibe a un presidente de su país que no comience el día hincado de rodillas en el suelo y rezando. Y todo eso con un estilo relamido, grandilocuente e impostado, entre un telepredicador y un vendedor de feria.

Esa es la competencia que encontró Donald Trump en el partido republicano y que explica, al menos en parte, que terminara siendo el candidato elegido. Todo lo anterior, aunque lo parezca, no son exageraciones – los debates y entrevistas se pueden ver aun en la Red y la prensa ha publicado durante más de un año las declaraciones de los candidatos. Entre este caos de ideas estrambóticas Donald Trump se limitó a presentarse como un hombre de éxito hecho a sí mismo, que se iba a preocupar por “la gente”, que fue concientemente ambiguo en religión, armas, impuestos, que prometió inversiones trillonarias en infraestructuras; y poco más – y eso le bastó.

El partido claudicó y la convención republicana que nombró candidato oficialmente a Trump quedó completamente en sus manos y fue, claro, un circo de cinco pistas: no fueron ninguno de los ex-presidentes republicanos ni tampoco los candidatos republicanos a la presidencia de los últimos 20 años, con la única excepción de Bob Dole. Se presentó como celebridad y oradora por un día a una jugadora de golf que ocupa el número 492 en el ranking mundial; fueron a la convención dueños de casinos, concursantes de programas de televisión, famosos por un día, directivos de la Asociación del Rifle, presidentes de de empresas Trump, y muchos, muchísimos, miembros de la familia Trump. Y se habló muchísimo de una guerra “que está aquí, y que hay que ganar”, de Lucifer encarnado en Obama y Hillary Clinton, etcétera, etcétera. Fue un paseo triunfal digno del candidato.

Y en las elecciones Trump tuvo contrincante a Hillary Clinton, que no supo librarse de su imagen de político tradicional, de establishment, de esos que o bien generaron, o no supieron evitar, la crisis y que además al final se seguían beneficiando de ella: justo antes de la elecciones se supo, por ejemplo, que Hillary Clinton había dado conferencias en bancos de Wall Street por las que cobraba 750.000 dólares y de la que no quiso revelar asistentes concretos o el programa y detalles de la charla; o que por sus libros de memorias varias cobra adelantos de millones de dólares. No la ayudó tampoco su imagen arrogante, impaciente, hosca, que trató de suavizar sin éxito; ni tampoco una entrevista en televisión en directo en la que no se atrevió a decir que había dicho siempre la verdad como primera dama, senadora y secretaria de estado. En su lugar hizo malabarismos con las palabras y al final sólo pudo afirmar que, al menos, “había intentado decir siempre la verdad”.

Además, Hillary Clinton no pudo sacar provecho ni siquiera de un punto clave y que en otras manos pudo haber sido decisivo: la grabación misógina y zafia de Trump mencionada antes, que se conoció sólo horas antes de un debate entre candidatos. Hillary Clinton estaba maniatada por el episodio Lewinski – si había perdonado completamente a su marido al tener una aventura amorosa con una joven en el mismísimo despacho oval, mintiéndole además después a ella y a todo el país, ¿cómo iba a atacar a su oponente por un simple comentario grosero? Cuando salió el tema en el debate, Trump dijo simplemente que había sido una conversación privada y comenzó a hablar de terrorismo internacional. Hillary no pudo hacer ni decir nada, sólo apretar los dientes y acceder a que se cambiara de tema.

El resto es historia.

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